Música

Adrián Dárgelos: una mirada al universo intimo del artista que trajo el rock nacional al siglo XXI

Babasónicos regresó con fuerza a la escena con Cuerpos, Vol. 1 y dos noches encendidas en el estadio de Ferro. Otra vez, su líder se afirma como un artista que desarma el sistema: lector intenso, artesano del rock, alquimista de ideas y dueño de una poética que incomoda, seduce y permanece desde hace más de treinta años.

Cuando tomó la decisión de vender los pocos discos que le quedaban y darle esos pesos a una azafata para que lo subiera de acompañante en su próximo vuelo, creyó que estaba escapando de lo que sería su destino. Como aquellos intelectuales del siglo XIX, estaba convencido de que París sería la ciudad capaz de iluminar su vida. En esa huida improvisada, este poeta del conurbano terminaría encontrando algo más profundo que unas crónicas de viaje: un espejo donde empezar a reconocerse. Entre los libros de Jean Cocteau, las melodías de David Bowie y la necesidad urgente de defraudar a sus propios padres, Adrián Dárgelos dejaba de ser un alter ego para convertirse, por fin, en el personaje central de su propia historia.

Nunca quiso que lo entendieran del todo. A veces lo dice con ironía y rima, pero muchas otras con la experiencia de quien asumió que esa incomodidad que percibió de adolescente le permitió ser quien es hoy. “Por eso no quiero que me conozcan, prefiero que me inventen”, desafía en “Yo anuncio”, y vaya si tiene razón. Entre sombras, incógnitas y misterios, construyó su propia vida: una que deja filtrar apenas lo indispensable. Y lo poco que deja entrever, él mismo se encarga de desdramatizarlo. “Oh, sí, ¿y qué?” Una infancia austera entre Constitución, Lanús y el puesto de diarios de su papá –que no vio nada especial en que su hijo se definiera como compositor de canciones con apenas diez años–; la curiosidad por aquellos textos prohibidos por la dictadura; la sensación persistente de no tener un lugar en la sociedad de ese entonces, y un mundo allá afuera (o allá adentro, en su propia cabeza) que era oscuro pero tentador.

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BABASONICOS FERRO 7 DICIEMBRE 2025 Fotos Martin Bonetto

Con esas experiencias incipientes forjó una sensibilidad que nunca terminó de acomodarse del todo. Por eso, lo que permite que tome forma como biografía pública está hecho de desvíos y olvidos. Pero en cada uno de esos huecos siempre estuvieron las preguntas, los libros y los discos. En un país que se desarmaba y se reinventaba a la vez, Babasónicos forjó una voz que encontraría en la sátira y los excesos un nuevo modo de resistencia.

SOY UN BUSCADOR DE ESOS QUE NO SE CONFORMAN

“No me vanaglorio de leer, es una actividad que puede hacer cualquiera que cuente con el tiempo para hacerlo. La lectura es un ocio; el ocio es un tiempo caro porque es improductivo, no genera capital. Yo compro tiempo para poder gastarlo en lo que quiero”, declaró Dárgelos en una entrevista para el ciclo Hablar de poesía. Pero cuando le preguntaron por sus propios poemas, lo negó, lo repitió y pidió intensamente que entendieran que él no hablaba como poeta, sino como compositor de canciones. Esa obstinación casi defensiva dice mucho de él, de su humildad y, tal vez, “es un sofisticado modo de mentir, mentir para seguir”.

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BABASONICOS FERRO 7 DICIEMBRE 2025 Fotos Martin Bonetto

Desde 1992 con Pasto hasta el flamante Cuerpos, Vol. 1, se encargó de que Babasónicos articulara palabra y melodía de la manera más estética y trascendental posible, como solo un amante de la belleza verbal y sus formas podría hacerlo. Y es que la lectura y la escritura fueron siempre su modo más íntimo de estar en el mundo, lo que en términos de Virginia Woolf sería su “cuarto propio”. Con los años llevó ese hábito (o privilegio) no solo a sus canciones, sino también a sus libros: Oferta de sombras (2019) y La voz de nadie (2024), dos proyectos donde la voz que suele esconderse detrás del personaje se vuelve más propia.

NO ACATO LÍMITES

“Haber hecho dos o tres temas, sacar una foto y timar a la industria… eso me fascinó. A partir de ahí me dio una especie de convicción y seguridad”, confesó en Caja negra, confirmando algo que junto a sus compañeros demostró desde el primer día: Babasónicos nació para romperlo todo. Inexplicablemente colorida, sintética y punkie, la banda llegó al rock nacional con una ética que Dárgelos sostendría durante décadas: trabajar con su música como una fiera indomable, capaz de coquetear y patear al sistema las veces que hiciera falta. Si la imaginación era su único refugio, ser parte de la izquierda de la noche y su sabor artificial sería su propia selva donde, sin preguntarse, está dispuesto a luchar por amor, pelear por honor, matar o morir.

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Por eso, disco a disco, Babasónicos nunca suena igual ni al último Babasónicos, porque el hacedor de este fenómeno no deja de atrapar sensaciones, sentimientos y expectativas que lo atraviesan por completo para luego volcarlas en un puñado de canciones con tintes de electrónica, rock y su característico estado de trance.

Los dos shows de Ferro de este fin de semana revalidaron ese universo, porque Dárgelos no concibe la música sin interpelar al otro. Desde la brillante boa de flecos dorados con la que se lució en el escenario, su propio juego de seducción y la cercanía con el público al bajar a la valla para cantarles cara a cara “Ya sé que el camino a la fama no significa nada si no hay una misión”, todo lo que personifica su personaje busca conmover y encender discursivamente a un otro: a esos miles que dijeron presente en el estadio y en los balcones. Lo suyo nunca fue solo cantar: siempre fue habilitar el disfrute, permitir una fiesta popular.

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SIENTO EL IMPULSO DE ALZAR MI VOZ AL INFINITO

“Alguna noche como esta nos van a venir a buscar y vamos a haber salido de la trinchera, porque lo que sigue es cuerpo a cuerpo”, declaró firmemente en su show en el Campo Argentino de Polo frente a más de 50 mil personas en 2023. Y lo que dijo allí no fue un arrebato ni un discurso, sino una inquietud real que marca el pulso de su banda desde hace años: Babasónicos busca una discusión contingente con la realidad. Y sí, tal vez no lo hace con “palabras que usan todos y que nadie siente propias”, pero es ingenuo desconocer que el clima social atraviesa cada uno de sus trabajos.

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En un mundo donde los cambios de paradigma se aceleran y los algoritmos parecen marcar las agendas artísticas, Dárgelos insiste en preguntarse para qué hace canciones y por qué todo debe ser discutible. Quizás por eso, cuando este año la Universidad Nacional de Córdoba lo distinguió con el Premio Cultura “Centenario de la Reforma Universitaria”, no solo defendió el rol de la universidad pública y el desarrollo cultural, sino que además explicó: “Los sujetos que hablan a través de las canciones que normalmente canto yo, pero que siempre son en primera o en tercera persona, no hablan de mí, ni de mis anhelos, ni de mis sentimientos; hablan de lo que yo percibo, de lo que está mal. Y sitúo a esos personajes en un contexto sociopolítico. Entonces hacen una demanda o un planteo anclados en esa época”. En sus versos, las heroínas, las mujeres trans y los marginados han tenido voz y belleza, así como las crisis, el sobreconsumo de contenido y las estructuras políticas han sido cuestionadas sin tibieza, porque en esa manera de mirar su alrededor ya existe un compromiso.

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BABASONICOS FERRO 7 DICIEMBRE 2025
Fotos Martin Bonetto

Cuando le preguntan si aún hace música para cambiar el mundo, duda. Luego se despeina, se recuesta en el respaldo del sillón, piensa en voz alta algunos minutos, apoya los codos en las rodillas, continúa reflexionando por muchos minutos más y finalmente afirma que sí, que si no creyera en eso, no haría más música. Pero aún duda. Para él, la música tiene la capacidad de cambiar las cosmovisiones de los individuos y, para sí mismo, de trascender en el tiempo aunque no crea merecerlo. Antes que ser recordado, le gustaría ser olvidado; y no por ironía ni soberbia, sino porque, como todo en su vida, lo piensa, lo canta y lo cuestiona: ¿de qué sirve ser inmortal? Al fin y al cabo, “mi nombre no es importante, lo importante es olvidar”.

Fotos vivo: Guido Adler y Martín Bonetto

Fuente: El Planeta urbano