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Arrancó Cosquín Rock 2026 con una Jornada Demoledora

Hay festivales. Y después está Cosquín Rock.

El Día 1 de esta edición volvió a confirmar que lo que sucede cada febrero en el Aeródromo Santa María de Punilla no es solamente una sucesión de shows: es un ritual colectivo donde el ROCK, esa criatura mutante que algunos insisten en declarar muerta, demuestra que lo suyo no es nostalgia sino transformación.

Desde temprano, con el sol todavía alto y la tierra levantándose bajo zapatillas gastadas, el predio empezó a respirar. Bandas como Eruca Sativa pusieron sobre la mesa una verdad incómoda para los puristas: el rock argentino hoy es técnico, potente, contemporáneo y no necesita pedir permiso. Con una precisión quirúrgica y una carga emocional que atraviesa generaciones, el trío cordobés volvió a jugar de local sin caer en la comodidad.

Pero Cosquín no es lineal, es una cartografía sonora en simultáneo. Mientras en un escenario se respiraba distorsión, en otro el pulso urbano tomaba forma. La presencia de Dillom dejó en claro que la nueva camada no viene a ocupar un lugar vacío sino a dinamitar fronteras. Su show fue incómodo, performático, visceral. Rock en actitud, aunque el beat venga de otro lado. Si el espíritu es ruptura, entonces el rock sigue ahí.

Y cuando la tarde empezó a inclinarse hacia el rojo, apareció esa elegancia eléctrica que ya es marca registrada de Babasónicos. Lo suyo no fue un simple repaso de clásicos: fue una reafirmación estética. Dárgelos y compañía siguen entendiendo algo esencial que muchos olvidan: el rock también es sofisticación, erotismo, ironía fina. No todo es gritar; a veces el gesto mínimo hiere más profundo.

El peso simbólico de la jornada también tuvo su momento épico con Ciro y Los Persas. Hay artistas que tocan canciones y otros que administran memoria colectiva. El pogo, los coros multitudinarios, la mística de estadio trasladada al valle cordobés: todo funcionó como una liturgia donde cada verso fue una contraseña compartida.

La aparición de Ricardo Mollo junto a Ciro y Los Persas fue uno de esos momentos que no estaban en el cronograma pero sí en la memoria emocional del rock argentino. Mollo no subió como invitado: subió como símbolo. Con su guitarra filosa y esa manera tan suya de tocar —mitad precisión blusera, mitad electricidad espiritual— aportó densidad histórica al set de Ciro. El cruce no fue un simple feat festivalero; fue un puente generacional entre dos maneras de entender la canción popular amplificada. En ese instante, el escenario dejó de ser una tarima y se convirtió en territorio sagrado: el de los músicos que dialogan sin necesidad de explicarse.

Y después estuvo el contraste necesario: el pop frontal y desafiante de Lali, que asumió el escenario con una seguridad que desarma prejuicios. Lo suyo no fue una concesión a la grilla; fue una declaración generacional. El rock, si quiere sobrevivir, necesita dialogar con el presente. Y el presente suena diverso, híbrido, coreográfico y político.

La cuota internacional llegó de la mano de Franz Ferdinand, que recordó que el indie británico de los 2000 ya es un clásico moderno. Sus riffs afilados y su precisión bailable conectaron con un público que no distingue pasaportes cuando el groove es honesto. En Cosquín, la geografía se vuelve anecdótica.

Lo que dejó el Día 1 no fue solamente una lista de canciones ni una estadística de asistentes. Dejó algo más difícil de medir: la sensación de comunidad en tiempos fragmentados. En un país donde la cultura resiste entre tensiones económicas y debates eternos, miles de personas eligieron reunirse alrededor de amplificadores y pantallas gigantes para cantar al unísono.

Cosquín Rock ya no es sólo “rock”. Es un territorio donde conviven tradición y mutación, guitarras y samplers, pogo y coreografía. Y tal vez ahí radique su secreto: entendió antes que muchos que el género no es un museo, es una conversación.

El Día 1 fue eso: una conversación intensa, sudada, contradictoria y profundamente argentina.

Y cuando las luces empezaron a apagarse y el polvo volvió a posarse sobre el predio, quedó algo flotando en el aire: una certeza sin slogan. No se trató de probar nada ni de defender una bandera estética. Se trató de estar ahí. De compartir una frecuencia. De entender que la música —cuando es honesta, cuando incomoda, cuando celebra— todavía puede convocar multitudes sin perder identidad.

Cosquín no ofrece respuestas definitivas. Ofrece ruido, cuerpos en movimiento y canciones que funcionan como puentes. Y mientras exista ese puente, mientras haya miles dispuestos a cruzarlo juntos, la historia seguirá escribiéndose desde el escenario hacia el valle.